Me permito transcribir (sin permiso) un excelente artículo de El Pais, sobre un maestro eterno de la Arquitectura. Si al Periódico le molesta, lo quitaré inmediatamente pidiendo disculpas.
Así, hoy la arquitectura de Aalto se comprende al momento, pero no se termina de mirar nunca. No está hecha para los ojos, escapa a las fotografías. Hay que visitarla, caminarla, tocarla, entrar en ella. Más allá de la igualdad, también la modernidad estaba presente en el espíritu con el que los Aalto se relacionaron con el mundo. Para su luna de miel volaron hasta Estocolmo, para luego continuar hasta Italia, el país que más les fascinó y, curiosamente, con el que más afinidades desarrollaron. Puede parecer extraño que un nórdico aprenda a construir en su país a partir de lo que ha visto junto al Mediterráneo. ¿Cómo es posible que una casa en un bosque de pinos finlandeses remita a Italia? ¿Cómo responder a los lugares y, a la vez, acercarse al mundo?
Aalto creía que la arquitectura era un ave migratoria. Estaba convencido que las soluciones constructivas podían viajar de una cultura a otra. Y lo demostró edificando un patio mediterráneo en la isla de Muuratsalo, donde levantó la casa experimental en la que puso a prueba los materiales que usaba. La línea orgánica de Aalto es, aún hoy, un modelo para generaciones. La mezcla de lo local y lo global, el uso de materiales autóctonos, el reconocimiento a las ideas de otras culturas y el cuestionamiento de una vanguardia desarraigada definen su obra: un mundo de referencias regionales e influencias internacionales. En 50 años, más de 300 arquitectos de 20 países diferentes trabajaron en su estudio. Él mismo lo hizo, además de en Finlandia y los países nórdicos, en Alemania, Estados Unidos, Francia, Suiza, Líbano, Irán, Arabia Saudí e Italia, donde una iglesia póstuma le rinde homenaje en Riola di Vergato.
Esa trayectoria puede seguirse en la exposición Alvar Aalto, arquitectura orgánica, arte y diseño –organizada por el Vitra Design Museum–, que, tras pasar por Caixaforum Barcelona, se inaugurará en la sucursal madrileña el 30 de septiembre. Además, la muestra relaciona por primera vez el legado del arquitecto que cuestionó el movimiento moderno por inhumano con el arte de su tiempo. Hoy, cuando sus lámparas y butacas todavía se fabrican y sus edificios están en los cimientos del hacer de los mejores arquitectos actuales, el comisario Jochen Eisenbrand sostiene que el arte fue clave para que Aalto tradujera las formas de la naturaleza en diseños y arquitectura. Un retrato de un Aalto de 14 años frente a sus lienzos de paisajes lleva a la historiadora Eeva-Liisa Pelkonen a afirmar que el arquitecto finlandés siempre pensó en sí mismo como en un artista.
Así, Eisenbrand sostiene que los artistas coetáneos de Aalto –Jean Arp, Fernand Léger o incluso Max Ernst– ya habían dado con las formas a las que recurriría el arquitecto. Puede que Aalto las tradujera, pero, a diferencia del escultor Alexander Calder, las formas en él tenían siempre una intención pragmática. Tanto es así que Eisenbrand habla del “apretón de manos de sus edificios” por el esmerado diseño que le llevó no solo a cuidar el aspecto de los manubrios, sino, sobre todo, a pensar en quienes los iban a manejar. Es el caso del sanatorio para tuberculosos en Paimio. Allí las puertas se dejan abrir sin apenas esfuerzo. Lo mismo sucede con los escalones, que son bajos, para que los enfermos puedan afrontar el ejercicio sin agotarse con el esfuerzo. Visitar el sanatorio es una lección magistral. Cuesta comprender por qué la azotea tiene un barandilla tan baja que no cumple su función protectora (no alcanza a la rodilla) hasta que, pese a la modernidad del edificio, uno retrocede hasta el tiempo sin penicilina y repara en que en un país frío, la única posibilidad de curarse se confiaba al descanso y al escaso sol. En esa barandilla, los pacientes podían tumbarse a tomar el sol sin que el murete protector les impidiera ver el paisaje.
Para el finlandés, la arquitectura era un ave migratoria.Las soluciones constructivas podían viajar de una cultura a otra
Algo parecido opina el historiador Kenneth Frampton cuando recuerda que para Aalto la arquitectura era artesanía. Por eso, los obreros tenían una importancia clave en el resultado final del edificio. “No es que se opusiera a la producción de soluciones estandarizadas, Aalto se oponía a la burocratización de los estándares, a la práctica que lleva a buscar únicamente el máximo provecho económico para decidir el tipo de elementos que se fabrican”.
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Reportaje
La arquitectura interminable de Alvar Aalto
El arquitecto finlandés quiso humanizar la modernidad. Escapó de la frialdad, las aristas y el orden cartesiano

Alvar Aalto ganó en 1927 el concurso para construir la legendaria Biblioteca de Viipuri.
La arquitectura de Alvar Aalto (1898-1976) es a la vez inagotable y cotidiana: edificios para usar a diario.
El finlandés escapó de la frialdad, las aristas y el orden cartesiano
que imponía la modernidad para inaugurar otra vanguardia que tenía como
referencia las formas de los lagos, los troncos de los árboles y la
perfecta imperfección de lo natural: lo real. Por eso, 40 años después
de su muerte, sigue siendo un arquitecto por redescubrir. Sus obras son
un pozo sin fondo que demuestra que la mejor arquitectura habla siempre
en presente y comparte el idioma universal de todas las tradiciones.
Se opuso a la idea de que la arquitectura era solo para la gente rica y solo unos pocos especialistas podían comprenderla
Cuando Aalto ya se había convertido en el arquitecto que pasaría a la
historia, cuando ya había construido la Villa Mairea y la Biblioteca de
Viipuri, regresó a la escuela de Jyväskylä donde había estudiado de
niño. Lo hizo para hablarles a los alumnos de la importancia de una
educación humanista, de la necesidad de ir más allá de uno mismo y de la
posibilidad de mirar hacia atrás para rescatar nuevas ideas.
Eso había hecho él. Había fundado su primer despacho en esa ciudad al
norte de Helsinki después de una infancia complicada en la que perdió a
su madre con ocho años y ganó otra madre cuando su tía Flora se casó
con su padre. De adolescente también vio cómo su país se independizaba
de Rusia tras la revolución. No tenía 20 años cuando luchó en la guerra
civil finlandesa, en el bando de los blancos, el ganador. El 1% de la
población murió en esa contienda. De esos 30.000 muertos, solo una
cuarta parte perecieron en el campo de batalla; el resto, tras juicios
sumarísimos.
Con 25 años, cuando corría el año 1923, inauguró un despacho de
Arquitectura y Arte Monumental. Entre sus primeros trabajos firmó el
dormitorio de un tal señor Steinbäck y algunas lápidas para tumbas. Luego llegarían las viviendas, las reparaciones de iglesias
y hasta un hospital en Alajärvi. Fue entonces cuando otra arquitecta,
Aino Marsio, llegó a la ciudad para trabajar en el estudio de Gunnar
Achilles Wahlroos. Solo un año más tarde se casaría con Aalto.
Convertida en su socia, esposa y madre de sus dos hijos, tuvo siempre
con su pareja una relación de igual a igual. Esta afirmación puede
parecer una obviedad, pero no lo es. Fue más bien una excepción. Presten
atención de nuevo a la fecha. Aino y Alvar Aalto firmaron juntos todos y
cada uno de los proyectos que realizaron hasta la temprana desaparición
de la arquitecta en 1949. Y si bien es cierto que ella tenía una
mentalidad más práctica (sus cristalerías encajan unas dentro de otras
para ahorrar espacio en los armarios; las de Aalto tendían a expandirse
evocando la forma de los lagos), ambos trabajaron mano a mano en diseños
que todavía vende la empresa Artek (hoy propiedad de la alemana Vitra).
En su casa de Munkkiniemi, a las afueras de Helsinki, uno puede abrir
la pequeña alacena y comprobar que el orden no es ajeno a las formas
redondeadas. Los arquitectos que peregrinan hasta esa vivienda
construida en 1935 también pueden ver cómo Aino trabajaba en la mesa
principal, con las mejores vistas, al lado del salón, mientras que Alvar
dibujaba en un rincón de la buhardilla.
Con todo, la igualdad en la vida de Aalto no estaba solo presente en
el trato hacia su mujer o hacia los arquitectos del estudio. El
portugués Álvaro Siza considera que esa fue, precisamente, su mayor
contribución: “Oponerse a la idea de que la arquitectura es solo para la
gente rica o que está tan especializada que no la puede entender todo
el mundo”. Hoy parece pura lógica. En los años veinte resultaba
excepcional no solo que un arquitecto diera explicaciones, sino también
que obtuviera sus ideas de escuchar a la gente y atender al paisaje
además de a las tradiciones.
Así, hoy la arquitectura de Aalto se comprende al momento, pero no se termina de mirar nunca. No está hecha para los ojos, escapa a las fotografías. Hay que visitarla, caminarla, tocarla, entrar en ella. Más allá de la igualdad, también la modernidad estaba presente en el espíritu con el que los Aalto se relacionaron con el mundo. Para su luna de miel volaron hasta Estocolmo, para luego continuar hasta Italia, el país que más les fascinó y, curiosamente, con el que más afinidades desarrollaron. Puede parecer extraño que un nórdico aprenda a construir en su país a partir de lo que ha visto junto al Mediterráneo. ¿Cómo es posible que una casa en un bosque de pinos finlandeses remita a Italia? ¿Cómo responder a los lugares y, a la vez, acercarse al mundo?
“El respeto por la gente corriente”, así resume
la impronta de su compatriota el estudio JKMM, uno de los más prolíficos
de Finlandia
Aalto creía que la arquitectura era un ave migratoria. Estaba convencido que las soluciones constructivas podían viajar de una cultura a otra. Y lo demostró edificando un patio mediterráneo en la isla de Muuratsalo, donde levantó la casa experimental en la que puso a prueba los materiales que usaba. La línea orgánica de Aalto es, aún hoy, un modelo para generaciones. La mezcla de lo local y lo global, el uso de materiales autóctonos, el reconocimiento a las ideas de otras culturas y el cuestionamiento de una vanguardia desarraigada definen su obra: un mundo de referencias regionales e influencias internacionales. En 50 años, más de 300 arquitectos de 20 países diferentes trabajaron en su estudio. Él mismo lo hizo, además de en Finlandia y los países nórdicos, en Alemania, Estados Unidos, Francia, Suiza, Líbano, Irán, Arabia Saudí e Italia, donde una iglesia póstuma le rinde homenaje en Riola di Vergato.
Esa trayectoria puede seguirse en la exposición Alvar Aalto, arquitectura orgánica, arte y diseño –organizada por el Vitra Design Museum–, que, tras pasar por Caixaforum Barcelona, se inaugurará en la sucursal madrileña el 30 de septiembre. Además, la muestra relaciona por primera vez el legado del arquitecto que cuestionó el movimiento moderno por inhumano con el arte de su tiempo. Hoy, cuando sus lámparas y butacas todavía se fabrican y sus edificios están en los cimientos del hacer de los mejores arquitectos actuales, el comisario Jochen Eisenbrand sostiene que el arte fue clave para que Aalto tradujera las formas de la naturaleza en diseños y arquitectura. Un retrato de un Aalto de 14 años frente a sus lienzos de paisajes lleva a la historiadora Eeva-Liisa Pelkonen a afirmar que el arquitecto finlandés siempre pensó en sí mismo como en un artista.
Pero esta exposición explica que fue en Atenas en 1933, durante el
congreso de arquitectos defensores de una arquitectura moderna (CIAM),
cuando Aalto escuchó al pintor Fernand Léger reclamar más color en la
arquitectura. Y no lo olvidó. Ese mismo año mostró en la Triennale de
Milán y en los almacenes Fortnum & Mason de Londres las sillas que
había diseñado para el sanatorio de tuberculosos en Paimio, al este de
Helsinki. El camino fue de ida y vuelta: cuatro años después, Artek
organizó la primera exposición de arte moderno en Finlandia. Braque,
Chagall, Matisse y Picasso pudieron verse por primera vez en Helsinki. Y
un año más tarde eran los muebles de los Aalto los que llegaban al MOMA
de Nueva York.
Así, Eisenbrand sostiene que los artistas coetáneos de Aalto –Jean Arp, Fernand Léger o incluso Max Ernst– ya habían dado con las formas a las que recurriría el arquitecto. Puede que Aalto las tradujera, pero, a diferencia del escultor Alexander Calder, las formas en él tenían siempre una intención pragmática. Tanto es así que Eisenbrand habla del “apretón de manos de sus edificios” por el esmerado diseño que le llevó no solo a cuidar el aspecto de los manubrios, sino, sobre todo, a pensar en quienes los iban a manejar. Es el caso del sanatorio para tuberculosos en Paimio. Allí las puertas se dejan abrir sin apenas esfuerzo. Lo mismo sucede con los escalones, que son bajos, para que los enfermos puedan afrontar el ejercicio sin agotarse con el esfuerzo. Visitar el sanatorio es una lección magistral. Cuesta comprender por qué la azotea tiene un barandilla tan baja que no cumple su función protectora (no alcanza a la rodilla) hasta que, pese a la modernidad del edificio, uno retrocede hasta el tiempo sin penicilina y repara en que en un país frío, la única posibilidad de curarse se confiaba al descanso y al escaso sol. En esa barandilla, los pacientes podían tumbarse a tomar el sol sin que el murete protector les impidiera ver el paisaje.
Para el finlandés, la arquitectura era un ave migratoria.Las soluciones constructivas podían viajar de una cultura a otra
Por eso, sería un error que, al trazar las referencias artísticas en la obra de Alvar Aalto, alguien pudiera pensar que la suya fue una arquitectura de inspiración artística, alejada de la realidad, ofuscada por la teoría.
Nada más lejos de la verdad. En sus edificios hablan los usuarios, se
retratan sus preocupaciones, aparece el lugar y queda plasmada la mirada
del arquitecto, cuando pintaba estancias de amarillo para llevarles a
los tuberculosos un simulacro de sol o cuando prolongaba una lama de
madera para convertirla en trampolín frente a la piscina de la Villa
Mairea.
Fue la dueña de esa famosa vivienda, la millonaria Maire Gullichsen,
la que, fascinada por su arquitectura, convirtió el talento de Aalto en
un negocio. Con una altísima cultura de lo diario extendida por
Finlandia, los matrimonios Gullichsen y Aalto comenzaron a producir un
mobiliario moderno de lamas curvadas que combinaba arte y técnica
(Artek). Aino estaba detrás de la gestión, y Maire, de la exportación de
la empresa que se convertiría en un puente entre Finlandia y la
modernidad internacional.
Cuando en 1933 los Aalto enviaron a Atenas los dibujos y las maquetas
de su sanatorio a la exposición que se debía celebrar durante el
Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM), el historiador
suizo Sigfried Giedion les escribió: “Ha llegado vuestro sanatorio. Uno
puede sentir tu mano, o la de Aino, en cada dibujo”. La huella en el
trabajo es una de las claves de la arquitectura de este matrimonio.
Tiene que ver con los materiales y con el diseño. “Una columna clásica
lleva en el fuste la huella de sus orígenes de madera. Aunque se
construya con piedra, las cualidades humanas convierten lo material en
símbolos culturales”, escribió Aalto.
Algo parecido opina el historiador Kenneth Frampton cuando recuerda que para Aalto la arquitectura era artesanía. Por eso, los obreros tenían una importancia clave en el resultado final del edificio. “No es que se opusiera a la producción de soluciones estandarizadas, Aalto se oponía a la burocratización de los estándares, a la práctica que lleva a buscar únicamente el máximo provecho económico para decidir el tipo de elementos que se fabrican”.
Ahora que se critica, y se asume, el gran fallo que supuso la
distancia entre la arquitectura y el usuario, es importante anotar que,
también en ese campo, Aalto fue una excepción. “Supo encontrar
respuestas para la gente corriente y la vida cotidiana”, opinan los
arquitectos del estudio finlandés JKMM, hoy uno de los más prolíficos de
su país. Ellos resumen la impronta de su compatriota en “el respeto por
la gente corriente”. Y como prueba recurren a una cuestión no
arquitectónica. “El estudio tenía una cocinera que 20 años después de la
muerte de Aalto seguía allí, cocinando para todos”, explican admirados.
Aunque ese mérito tal vez habría que atribuírselo a Elissa, la segunda
mujer del arquitecto, que continuó al mando del estudio hasta su muerte
en 1994.
Con cada una de sus mujeres Aalto construyó una casa. La levantada
con Aino es, todavía hoy, un lugar cargado de su presencia. No es el
piano que ocupa el centro de la sala o el retrato de la tía Flora que
preside el rellano lo que habla de ellos. La presencia de la pareja está
en la manera en que las ventanas están preparadas para acercar las
plantas a la luz; en cómo la cocina está junto al comedor, conectada por
una ventana, para facilitar la vida de la familia. La segunda casa, en
la isla de Muuratsalo, fue directamente un experimento. Tras enviudar y
casarse con la arquitecta Elissa Mäkiniemi, la construyó para poner a
prueba la resistencia de más de cien tipos de ladrillos y cerámicas.
También levantó un muro blanco para encerrar aquel patio colorista, tal
como había visto en el Mediterráneo. Aalto creía, y lo demostró con sus
edificios, que la mejor arquitectura es, efectivamente, un ave
migratoria.
elpaissemanal@elpais.es
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