domingo, 8 de noviembre de 2015

EL CASTIGO DEL EXILIO



NO SOY DE AQUÍ, NI SOY DE ALLÁ… 
 (Facundo Cabral dixit
o el porqué los exiliados no somos de ningún lugar

Como muchos lectores saben, mi origen y nacimiento están en Buenos Aires, Argentina.

COLEGIO NACIONAL DE BUENOS AIRES
Allí estudié en el centenario Colegio Secundario de élite, llamado Colegio Nacional de Buenos Aires, perteneciente a la Universidad de Buenos Aires. En ese mismo Colegio, estudió mi único hermano que tuvo junto con mis padres la ocurrencia de prepararme para dar el temido examen de ingreso cuando sólo contaba con 11 años y estaba terminando la escuela primaria.

El resultado fue exitoso. Ingresé en dicho Colegio (comparable por su programa a los más famosos del mundo, como el de Eaton, los Liceos Franceses y los Liceos Alemanes).
Una vez terminado el Bachillerato, ingresé en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, de donde egresé el 1969.

Hasta ahí todo normal. Al cabo de poco me casé; ya trabajaba en la Profesión, antes de tener el Diploma, de forma tal que terminar la carrera no me significó un cambio grande el Título habilitante.
En los últimos años de carrera, empecé mi tarea como Ayudante Docente, y luego durante muchos años más como Docente Titular en la misma Facultad donde había estudiado dictando las materias de Diseño de los dos últimos años de carrera.

EL EXILIO
La familia creció, tuvimos un varón, luego otro y por último una chica.
En 1989, por motivos políticos (el Presidente que se había elegido, me parecía impresentable) decidí emigrar. Primero yo y luego mi mujer con los niños al año después.
Me instalé en Barcelona, primero codirigiendo una Empresa Constructora y luego de casi 3 años, abriendo mi propio Despacho de Arquitectura. Y así hasta hoy.

Tuve que adaptarme a las características de Catalunya, formas de trabajo, idioma, sistemas en general que eran (y son) totalmente diferentes a Argentina. Allí, el Arquitecto realiza todo el trabajo y firma haciéndose responsable de toda la obra. Acá, está muy repartido. El Aparejador (esta figura no existe en Argentina) colabora activamente en las certificaciones, en las visitas a la obra, en las mediciones, en recibir “los chaparrones” de quejas de la Propiedad, explicando por qué no vino el del Hormigón y por qué faltó el electricista…cosa que en Argentina, estás solo para todo. Esto me pareció fascinante. 
BARCELONA

De tener el 100% de responsabilidad, a poder compartir, sin desmedro en los Honorarios, con otro profesional, que además cobra también de la Propiedad por realizar el trabajo tal vez más ingrato de la obra. Además contar con un Ingeniero Industrial, que debe hacer los planos de instalaciones, de electricidad, de aire acondicionado, de sanitarios, etc.! Un lujo, acostumbrado como estaba a cargar siempre en Buenos Aires, con el 100% de la responsabilidad.

En Barcelona realicé en la Escuela de Ingenieros un MÁSTER de 2 años en Diseño Industrial y Creación de Producto. Luego di clases en esa misma carrera.

Aquí, y luego de este prólogo empieza el motivo de este post.

Estoy integrado totalmente a la manera de vida y costumbres de Catalunya. Hablo y escribo su idioma. Tuve oportunidades y trabajos que me llenaron de orgullo. Otros no tanto… (Se dice que nunca llueve a gusto de todos…).

Pudimos educar nuestros hijos y todos llegaron a donde pretendían. Trabajan y son muy bien considerados en sus especialidades.

BUENOS AIRES
Viajo a Argentina, a Buenos Aires, cada año y medio aproximadamente. Me encuentro con compañeros de esa época. Tanto del Colegio como de la Universidad y me siento muy bien, pero al cabo de un par de semanas, empiezo a extrañar Barcelona.

Y ahí empieza el debate interior. El recordar de dónde provengo y a veces añorar al poco tiempo de estar allí, el deseo de volver a mi lugar de residencia. Y aquí, en Barcelona, muchísimas veces me faltan el calor de los amigos, el marco de referencia, que aunque cambió, luego de un cuarto de siglo… uno desearía encontrarlos, siendo que en cambio, lo que encontramos son los restos de lo que fue.
Esa esquina; ese bar, ese negocio que ya no está y que recordamos porque íbamos con nuestra madre. 

Nos quedan los olores de la ciudad, los amigos-hermanos con los cuales nos contamos nuestras ya conocidas historias; algún recuerdo de viejos amores; las trazas de caminatas por una ciudad que ya tampoco es lo que era…

 De ahí que la canción de Facundo Cabral, me venga de perlas para cerrar este post. Que no quiere ser melancólico. Pero que a todos los que nos expatriamos por algún motivo u otro, nos termina pasando lo mismo. No somos de aquí, ni somos más de donde nacimos.


 En ese allá (Argentina), quedaron las raíces, que cuando nos fuimos al exilio no se arrancaron y permanecerán en ésas macetas; en esas tierras. Quedaron, aunque invisibles para los demás, en nuestra tierra de nacimiento, donde está el DNI original, pero ya luego de un cuarto de siglo, mezclado con las nuevas costumbres e idiomas que nos tocó aprender.

Por eso que “no soy de aquí, ni soy de allá…” 

Casi dejamos de tener patria. Añoramos. 

No somos, lamentablemente y en realidad ya, de ningún lugar. Es el castigo del exilio.

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