LA MELANCOLÍA Y EL RATÓN.
No era fácil. Cuando empecé la Facultad de Arquitectura
en Buenos Aires, año 1962, había que dibujar en lápiz, luego en tinta y para los planos en
un papel transparente que se denominaba “calco”. Este tenía la duración que te
daba el gramaje. Si tenías padres pudientes, comprabas el de 80 o el de 120grs.
Si tus padres no estaban en esa característica, el tuyo era el de 60grs.
Era un papel para equivocarse poco…porque no
resistía muchas borradas que se realizaban con hojitas de afeitar. Será por eso
que decidí que la mejor manera de no tener que hacer dos veces un plano…era
pensar bien cada raya, cada rótulo, en fin cada imagen que luego compondría el
plano de la materia. No me fue mal. Mis planos eran (y son) claros y
entendibles.
El dibujo, no es más que un lenguaje de
transmisión de ideas. Si piensas bien, si tienes las ideas claras, el dibujo
saldrá igual: claro, representativo de lo que pensaste o imaginaste. No hay más
misterios.
Será, imagino,
como una partitura musical, que si
tienes las melodías sonando bien en tu cerebro, traspasarlas al pentagrama será
sencillo.
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El diabólico tiralíneas... |
Con el
tiempo los instrumentos de dibujo se fueron ampliando. En vez del tiralíneas (instrumento maldito),
tuvimos lapiceras graduadas con los distintos espesores que necesitábamos para
dibujar. Les decíamos “puntas”. No recuerdo bien las marcas, pero yo usaba en
general las Rötring o Staëdler.
La más gruesa era la 1.2 para borde
de paredes y de ese número se iba bajando, la 08, 06, 04, 03, 02 (tal vez la más
usada), y la 01 (infrecuente por la debilidad de su punta). La técnica era
dibujar con puntas delgadas (siempre con la 0.2) y luego reforzar lo que sería
más cercano, con las puntas más gruesas.
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Las puntas de dibujo que "mataron" al tiralíneas. |
A veces compartíamos el uso de las puntas de dibujo
para escribir y tomar apuntes y ahí, la recomendada, era la 04. Tenía el trazo
de una lapicera normal. Siempre, en todo equipo de dibujo teníamos un tanque de
tinta china que era el encargado de rellenar los envases transparentes de
nuestras trajinadas puntas.
Con eso
conseguíamos casi siempre, tapar y deteriorar esa punta que había que cambiarla
para desesperación de nuestro presupuesto, porque costaban mucho y el dinero no
sobraba...
Un ritual semanal, era el viernes a la tarde, poner
todas las puntas en un frasco de vidrio con líquido limpiador, en general era agua
con gotas de detergente. Eso sí, guardábamos los sobrantes de las tintas en el
envase de tinta de repuesto, no sea cosa que se perdiera una gota…Cuando
terminaba el curso anual, la limpieza era más profunda: incluía un baño luego
de limpiarlas y secarlas, en alcohol puro! Eso casi,
casi significaba que venían las
vacaciones.
Pero esto, sucedía en los primeros tres años de carrera.
A partir del cuarto, ya se conseguía algún trabajito y a trajinar con las
puntas, haciendo proyectos para gente que nos mal pagaban, por muchas horas de
faena, pero que siempre agradecí las oportunidades que me dieron para ya
trabajar en obras concretas y no en proyectos ficticios de la Facultad. Así,
hacía proyectos de edificios, fachadas, locales, y perspectivas que dominábamos
realmente y por lo cual, ahí sí, cobrábamos
buen dinero!
Estas instrumentaciones con los años cambiaron.
Tuvimos que reciclarnos y entrar en el mágico mundo de la informática. Al
inicio con desconfianza, luego con sorpresa y finalmente con admiración
absoluta.
Hasta que apareció el ratón! Y los programas informáticos. Tuvimos que deshacernos de la mesa de dibujo, compañera de noches y noches de entregas y exámenes.
No era ya necesario computar superficies. Al
terminar el plano con el CAD tenías la información. Si te equivocabas ya a la Gillette no
la buscábamos más…sólo era necesario con el ratón modificar el error; el resto
se acomodaba sólo. Si la letra de cualquier parte deseabas aumentarla…dos
toques de ratón y listo. Si querías agregar una ventana, tenías 80 para
elegir…Y todo así.
Si hay algún melancólico leyendo esto, podrá
decir, yo viví esa época “heroica” del papel que se rasgaba cuando corregías; de los cálculos
interminables, del miedo a equivocarse, de la mancha de café en el papel, del
punto de fuga...
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El ratón, "asesinó" todos los instrumentos de dibujo. |
Y también deberá reconocer la ayuda
inapreciable que estas herramientas ayudaron en la parte operativa de nuestra
profesión.
La profesión perdió romanticismo, de acuerdo, PERO CÓMO GANÓ EN COMODIDAD!!
Nota: Luego de este post, queda perfectamente en claro, que soy un pedazo de historia antigua!
Hasta el próximo!.
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Me pareció uno de tus mejores articulos.
ResponderEliminarUn volver a vivir,inexorable,por el paso de los años.
Y me emocionó al leerlo , no hubo quejas,cada época tuvo lo suyo y es evidente que lo recordas con todo respeto.
No sé si ahora con tanta tecnologia,que por supuesto,ahorra tiempo,lo pasas tan bien como en esa época,donde había que agudizar el ingenio,para que las cosas durararan y no gastar de más.
Me gusto mucho.Silvia
Gracias Silvia! Sólo intento poner mis recuerdos negro sobre blanco. Lo que escribo en general, son vivencias propias. Un abrazo..
EliminarMe encantó!
ResponderEliminarTambién me acuerdo cuando el horror que sentia cuando una lapicera se caia al piso y se doblaba la punta, justo la noche previa a la entrega....
Monica G.
Las veces que me ocurrió!. La mesa de dibujo estaba en pendiente para poder acceder a la parte más lejana del papel y zás! el 0.2 hacía una cruel voltereta y siempre, como las tostadas con dulce, caía de punta...Un recuerdo ahora gracioso, pero que angustia nos daba, verdad? Saludos Mónica, desde Barcelona.
EliminarHola Fernando!
ResponderEliminarY ni te cuento cuando la que se caia era la 0.1!! Sabés que al final dejé de usarla, de la bronca que me daba!
PD: te comento encontré tu blog medio que de casualidad y me gustó, pero aparte, tenemos un parantesco lejanisimo. Soy una prima de Pochi (por el lado materno)
Saludos desde Canada
Monica
Hola. Soy primo hermano de Pochi y de su hermano, lamentablemente fallecido no hace mucho. Espero me sigas leyendo! Y un gusto conocerte.
ResponderEliminarEstimado Fernando:
ResponderEliminarMe gustó mucho tu escrito -con sus comentarios complementarios-que tiene un inevitable sabor a "volver a vivir" y, a la vez, disparador de recuerdos y anécdotas de una época que está cumpliendo los 50.largos-
Lo que pienso es que-si pudiera retroceder en el tiempo- no le daría a nada ni a nadie una noche de entrega en la facultad: Ese "estresaso" lo guardaría para cuestiones de vida importantes : no hipotecaría una sola noche por objetivos tan pequeños.
Después de ese primer año (con tres materias: Introd a la Arquit , Visión I y Maths) en la FAU UBA, hicimos contigo un importante viaje por el Sur más Carlos y dos abogados
: Me gustaría saber el apellido del gordito que leía a Schopenhauer pues es parecido al de un periodista de investigación con popularidad y fama en casos resonantes de corrupción en BAIRES. Su nombre es Miguel
Prometo leer ( y re-leer) escritos anteriores de tú blog dado que estaré en vacaciones de mis ocupaciones, en este sofocante verano porteño.-
Saludos y nos encontraremos on line Ricardo P
Serás Ricardo Paganelli? Tengo el viaje medio olvidado. Cuando vuelvas la seguimos. Un abrazo y gracias por el comentario.
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